China y la estandarización tecnológica portuaria como instrumento de Soft Power
Soft Power en los puertos: estos son el sistema nervioso de la economía global, y controlar o influir sobre los estándares que rigen su funcionamiento equivale a tener una voz determinante en cómo se organiza el comercio mundial.
A principios del año pasado, los miembros de la Organización Internacional de Estandarización (ISO) aprobaron por mayoría, y a propuesta de China, la creación del Subcomité 27 (ISO TC8 SC27) dentro de esta organización. El SC27 se dedicará específicamente a la definición de estándares tecnológicos y operativos en puertos y terminales marítimas. La creación de este grupo fue recibida en el sector con una mezcla de interés, expectativa y, en algunos casos, prudente inquietud. No es para menos.
La estandarización, a menudo percibida como un ejercicio técnico y neutral, es en realidad una poderosa herramienta de influencia económica, tecnológica y geopolítica. Y en este caso concreto, el hecho de que la iniciativa y la presidencia de SC27 recaigan en China no es un detalle menor.
China lleva meses en el centro del debate internacional debido a la creciente penetración en los mercados occidentales de su tecnología, que ha recortado en muy pocos años el diferencial de calidad y competitividad con respecto a las soluciones homólogas diseñadas en Europa y EEUU. En particular, se ha puesto de manifiesto el recelo sobre el desarrollo chino en materia de telecomunicaciones y sistemas de transmisión de datos vinculados a infraestructuras críticas.
Diversos gobiernos y organismos han expresado su preocupación por la posible captación de datos sensibles cuando estas tecnologías se combinan con activos estratégicos, como los puertos. En un mundo donde la información es tan valiosa como las propias mercancías, la frontera entre eficiencia operativa y riesgo estratégico se ha vuelto cada vez más difusa.
Desde esta perspectiva, la creación del SC27 sobre puertos y terminales puede interpretarse como una respuesta de China a ese clima de desconfianza. No una confrontación directa, sino una jugada más sutil, alineada con la estrategia de soft power que el país asiático viene desplegando desde hace años. Un poder blando que no se ejerce mediante la coerción o el conflicto, sino a través de la influencia normativa, la presencia industrial y el posicionamiento progresivo en sectores clave de la economía global.
El soft power chino se ha manifestado de múltiples formas: inversiones en infraestructuras, participación en nodos logísticos estratégicos, financiación de proyectos en terceros países y, de forma creciente, liderazgo en foros internacionales de estandarización. La lógica es clara: quien define las reglas del juego condiciona en gran medida quién puede jugar y cómo hacerlo.
Los puertos no son simples espacios físicos donde se cargan y descargan mercancías. Son auténticos sistemas nerviosos de la economía global. Concentran flujos de transporte estratégicos, datos, energía y decisiones. Controlar, o al menos influir, sobre los estándares que rigen su funcionamiento, equivale a tener una voz determinante en cómo se organiza el comercio mundial. Y para un país como China (primer exportador global y actor central en las cadenas de suministro) esta influencia resulta especialmente valiosa.
Además, China no parte de una posición teórica o académica. Cuenta con un ecosistema industrial y tecnológico muy sólido en el ámbito portuario: fabricantes de maquinaria, proveedores de sistemas de automatización, plataformas de gestión de terminales, soluciones de comunicaciones y tecnologías digitales que ya operan en numerosos puertos del mundo. La presidencia del SC27 ofrece una oportunidad evidente para trasladar ese conocimiento sobre las tecnologías y los procesos operativos al terreno de los estándares internacionales.
Cabe preguntarse si estamos ante un intento (legítimo desde el punto de vista estratégico) de reforzar la credibilidad y reputación internacional de la tecnología china mediante su formalización en normas ISO. Estándares que, en el medio plazo, pueden convertirse en referencia obligada para licitaciones, proyectos de modernización y decisiones de inversión. En ese escenario, las empresas cuyos desarrollos se alineen de forma natural con dichos estándares partirán con una ventaja competitiva significativa.
La cuestión clave es cómo puede afectar este proceso a las empresas tecnológicas europeas y americanas. Si los estándares que se definan toman como base principal las arquitecturas, modelos de datos o enfoques operativos desarrollados mayoritariamente por empresas chinas, el riesgo no es solo comercial. Existe la posibilidad de que otros actores se vean obligados a adaptar sus soluciones, asumir costes adicionales o, en el peor de los casos, perder relevancia en un mercado cada vez más regulado por normas que no han contribuido a definir.
Este contexto pone de manifiesto que la estandarización nunca es neutra. Es un espacio de competencia silenciosa, donde se decide qué tecnologías se convierten en universales y cuáles quedan relegadas a nichos marginales.
El establecimiento del Subcomité 27 de la ISO evidencia que el futuro de los puertos no se decidirá únicamente en los muelles o en las terminales, sino también en las mesas de normalización. Para Europa y otras naciones punteras en desarrollo tecnológico el mensaje es claro: participar activamente en estos foros no es una opción, sino una necesidad estratégica. Porque quien llega tarde a la estandarización suele llegar tarde al mercado. Entender la estandarización como un instrumento de poder blando es el primer paso para afrontar este nuevo escenario con realismo y visión estratégica.
Referencias bibliográficas
- INTERNATIONAL ORGANIZATION FOR STANDARDIZATION. 2025. ISO/TC 8/SC 27 – Ports and terminals. Disponible en: https://www.iso.org/committee/10823128.html [Consultado: 14-01-2026].