Educación: la infraestructura que falta en la descarbonización marítima
Los debates sobre la descarbonización marítima suelen centrarse en la tecnología y la financiación. Los combustibles alternativos, las energías renovables, la alimentación eléctrica en tierra, el hidrógeno, la inteligencia artificial, la digitalización y los puertos inteligentes dominan las agendas políticas y las estrategias de inversión. En todo el mundo, los gobiernos y la industria están invirtiendo miles de millones en infraestructuras diseñadas para acelerar la transición verde.
Esta transformación se ve reforzada por un marco normativo cada vez más ambicioso. La Estrategia revisada sobre gases de efecto invernadero de 2023 de la Organización Marítima Internacional ha establecido una hoja de ruta hacia las emisiones netas cero para 2050 o en torno a esa fecha, mientras que la Unión Europea ha complementado estas ambiciones mediante el paquete «Fit for 55», que incluye FuelEU Maritime, el Régimen de Comercio de Derechos de Emisión de la UE y el Reglamento sobre infraestructuras de combustibles alternativos. En conjunto, estas iniciativas están redefiniendo tanto el transporte marítimo como el papel de los puertos en la transición industrial y energética de Europa.
Sin embargo, a pesar de una inversión sin precedentes en tecnología, hay una condición facilitadora fundamental que recibe mucha menos atención. La descarbonización marítima ya no es simplemente un reto tecnológico. Es, en igual medida, un reto organizativo, institucional y humano. Sin la capacidad de coordinar a las partes interesadas, adaptar los mecanismos de gobernanza y desarrollar nuevas competencias, incluso las tecnologías más avanzadas podrían no lograr los beneficios previstos.
Esto plantea una cuestión más fundamental: ¿en qué se ha convertido un puerto? Tradicionalmente considerados como puertas de entrada para el comercio, los puertos están evolucionando hacia ecosistemas sociotécnicos complejos en los que convergen el transporte, la producción de energía, la actividad industrial, la infraestructura digital y la gobernanza medioambiental.
Cada vez se espera más de ellos que faciliten las cadenas de valor del hidrógeno y los combustibles alternativos, integren las energías renovables, apoyen las iniciativas de economía circular, refuercen la competitividad industrial y mejoren la resiliencia de la cadena de suministro. Al mismo tiempo, la digitalización está transformando las operaciones portuarias y creando nuevas formas de interdependencia entre la infraestructura, la información y la toma de decisiones.
A medida que los puertos se interconectan cada vez más, la gobernanza se vuelve más compleja. El éxito depende no solo de los activos físicos, sino también de la colaboración entre compañías navieras, operadores de terminales, proveedores de energía, desarrolladores de tecnología, reguladores, instituciones financieras, investigadores y comunidades locales. Cada vez más, el valor se crea a través de la coordinación, más que mediante la actuación individual de cada organización por separado.
Esta evolución también transforma el desafío de la gobernanza. Los debates tradicionales se han centrado en si los modelos de gobernanza de tipo landlord, de servicios o privados ofrecen mayor eficiencia. Si bien estos siguen siendo importantes, la aceleración del cambio tecnológico, la regulación climática y la incertidumbre geopolítica hacen que otra pregunta sea cada vez más relevante: ¿qué sistemas de gobernanza son más capaces de adaptarse?
La gobernanza adaptativa reconoce que la incertidumbre no puede eliminarse simplemente mediante la planificación. En su lugar, busca crear instituciones capaces de aprender de forma continua, colaborar más allá de las fronteras organizativas y adaptarse a medida que evolucionan las condiciones. Dicha gobernanza depende no solo del diseño institucional, sino también del liderazgo. Los futuros líderes del sector marítimo actuarán cada vez más como coordinadores de ecosistemas colaborativos, coordinando a diversas partes interesadas mientras navegan por los cambios tecnológicos, normativos y sociales. Aquí es donde la educación cobra un papel central.
La revisión en curso del Convenio y el Código STCW reconoce que los futuros profesionales del sector marítimo necesitarán una importante recualificación y mejora de sus competencias para desenvolverse en un sector cada vez más digitalizado y descarbonizado. Del mismo modo, el informe de la Universidad Marítima Mundial «Transporte 2040: Impacto de la tecnología en la gente de mar — El futuro del trabajo», elaborado en colaboración con la Federación Internacional de Trabajadores del Transporte (ITF), destaca la creciente importancia del aprendizaje permanente y de las nuevas combinaciones de competencias técnicas y no técnicas.
Sin embargo, los futuros profesionales necesitarán algo más que conocimientos técnicos. También deberán comprender la gobernanza, gestionar las relaciones con las partes interesadas, interpretar los marcos normativos en constante evolución y tomar decisiones en condiciones de incertidumbre. El pensamiento sistémico, el liderazgo colaborativo, la previsión estratégica y la participación de las partes interesadas cobrarán tanta importancia como los conocimientos de ingeniería.
Quizás esta sea la infraestructura que falta para la descarbonización marítima. En todo el mundo se están realizando inversiones sustanciales en terminales de hidrógeno, integración de energías renovables, infraestructura de combustibles alternativos, sistemas de alimentación eléctrica en tierra y tecnologías digitales para apoyar puertos inteligentes y con bajas emisiones de carbono. Estas inversiones son indispensables. Sin embargo, la descarbonización marítima depende en última instancia de tres formas de infraestructura interdependientes: la infraestructura física, que permite el cambio tecnológico; la infraestructura institucional, que permite la coordinación y una gobernanza eficaz; y la infraestructura humana, que permite el aprendizaje, la adaptación y la innovación.
Si bien es comprensible que la inversión se haya centrado en la primera, el éxito a largo plazo de la transición dependerá en igual medida del fortalecimiento de las dos últimas. La capacidad institucional determina si las partes interesadas pueden colaborar de manera eficaz, mientras que la capacidad humana determina si las organizaciones pueden asimilar nuevos conocimientos, adaptarse al cambio y proporcionar el liderazgo necesario para afrontar la incertidumbre.
Esta infraestructura se construye no solo en puertos e instalaciones industriales, sino también en aulas, centros de formación y universidades. Es allí donde los futuros profesionales del sector marítimo desarrollan no solo los conocimientos técnicos necesarios para manejar las tecnologías emergentes, sino también las capacidades de gobernanza, la mentalidad colaborativa y el liderazgo adaptativo requeridos para dirigir una de las transformaciones más profundas que el sector marítimo haya experimentado jamás.
Por lo tanto, invertir en educación no es algo independiente de invertir en la descarbonización marítima. Se trata de una inversión en la capacidad institucional, el capital humano y la resiliencia a largo plazo que, en última instancia, determinarán si la transición tiene éxito.